Lo que la tortuga sabe (y tú puedes aprender) sobre los límites
Poner límites suele vivirse como algo incómodo. Muchas personas lo asocian a conflicto, rechazo o dureza, cuando en realidad los límites sanos no van de alejarse de los demás, sino de cuidarse a uno mismo.
Curiosamente, algunos animales lo hacen con una naturalidad que a los humanos nos cuesta mucho más. La tortuga es uno de ellos.
Lo que la tortuga sabe sobre los límites
La tortuga no discute, no se explica ni se justifica. Cuando el entorno se vuelve invasivo o amenazante, se recoge. Cuando vuelve a sentirse segura, sale.
No huye, no ataca y no dramatiza. Regula la distancia.
Ese gesto sencillo encierra una idea clave desde el punto de vista psicológico: el límite no es un castigo al otro, es una forma de protección propia.
Poner límites no es rechazar
En terapia es frecuente escuchar frases como:
- “Si digo que no, voy a hacer daño.”
- “Si marco un límite, pareceré egoísta.”
- “Debería poder con todo.”
Estas creencias hacen que muchas personas aguanten más de lo que pueden, hasta que el malestar aparece en forma de ansiedad, irritabilidad o agotamiento emocional.
Poner límites no implica dejar de querer, ni cerrar la puerta para siempre. Implica elegir cuándo estar y cuándo no, de forma consciente.
Epicteto: el límite interior
El filósofo estoico Epicteto enseñaba que no todo depende de nosotros. Distinguir entre lo que está bajo nuestro control y lo que no lo está es una de las bases de la serenidad.
Desde esta mirada, el límite no se coloca fuera, sino dentro. No consiste en cambiar al otro, sino en decidir cómo respondemos.
Cuando una persona aprende a decir “hasta aquí” sin entrar en lucha, está ejerciendo un control sano sobre su propio espacio emocional.
Aristóteles: la prudencia y el término medio
Aristóteles hablaba de la prudencia (phronesis) como la virtud que nos permite actuar de forma ajustada a cada situación. No todo es blanco o negro, presencia o huida.
Poner límites sanos no es aislarse ni exponerse sin medida. Es encontrar el punto adecuado entre acercarse y retirarse, entre cuidar al otro y cuidarse.
La tortuga encarna bien esta idea: ni permanece siempre escondida ni se expone sin protección. Su conducta es proporcional al contexto.
Límites y salud emocional
Cuando los límites son difusos o inexistentes, el cuerpo y la mente suelen avisar:
- cansancio persistente
- irritabilidad
- sensación de estar sobrepasado
- dificultad para descansar
Aprender a poner límites claros y sostenibles es una parte importante del trabajo terapéutico. No se trata de endurecerse, sino de regular la cercanía para que la relación con los demás —y con uno mismo— sea más saludable.
Una reflexión final
A veces, cuidarse no significa avanzar, sino recogerse a tiempo. Como la tortuga, podemos aprender a proteger nuestro espacio sin culpa y a volver cuando estamos preparados.
Poner límites no es rechazar. Es respetarse.
Si esta reflexión resuena contigo, en el blog seguimos explorando con calma cómo cuidar la salud emocional desde la psicoterapia y el pensamiento crítico.
Poner límites suele vivirse como algo incómodo. Muchas personas lo asocian a conflicto, rechazo o dureza, cuando en realidad los límites sanos no van de alejarse de los demás, sino de cuidarse a uno mismo.
Curiosamente, algunos animales lo hacen con una naturalidad que a los humanos nos cuesta mucho más. La tortuga es uno de ellos.
Lo que la tortuga sabe sobre los límites
La tortuga no discute, no se explica ni se justifica. Cuando el entorno se vuelve invasivo o amenazante, se recoge. Cuando vuelve a sentirse segura, sale.
No huye, no ataca y no dramatiza. Regula la distancia.
Ese gesto sencillo encierra una idea clave desde el punto de vista psicológico: el límite no es un castigo al otro, es una forma de protección propia.
Poner límites no es rechazar
En terapia es frecuente escuchar frases como:
- “Si digo que no, voy a hacer daño.”
- “Si marco un límite, pareceré egoísta.”
- “Debería poder con todo.”
Estas creencias hacen que muchas personas aguanten más de lo que pueden, hasta que el malestar aparece en forma de ansiedad, irritabilidad o agotamiento emocional.
Poner límites no implica dejar de querer, ni cerrar la puerta para siempre. Implica elegir cuándo estar y cuándo no, de forma consciente.
Epicteto: el límite interior
El filósofo estoico Epicteto enseñaba que no todo depende de nosotros. Distinguir entre lo que está bajo nuestro control y lo que no lo está es una de las bases de la serenidad.
Desde esta mirada, el límite no se coloca fuera, sino dentro. No consiste en cambiar al otro, sino en decidir cómo respondemos.
Cuando una persona aprende a decir “hasta aquí” sin entrar en lucha, está ejerciendo un control sano sobre su propio espacio emocional.
Aristóteles: la prudencia y el término medio
Aristóteles hablaba de la prudencia (phronesis) como la virtud que nos permite actuar de forma ajustada a cada situación. No todo es blanco o negro, presencia o huida.
Poner límites sanos no es aislarse ni exponerse sin medida. Es encontrar el punto adecuado entre acercarse y retirarse, entre cuidar al otro y cuidarse.
La tortuga encarna bien esta idea: ni permanece siempre escondida ni se expone sin protección. Su conducta es proporcional al contexto.
Límites y salud emocional
Cuando los límites son difusos o inexistentes, el cuerpo y la mente suelen avisar:
- cansancio persistente
- irritabilidad
- sensación de estar sobrepasado
- dificultad para descansar
Aprender a poner límites claros y sostenibles es una parte importante del trabajo terapéutico. No se trata de endurecerse, sino de regular la cercanía para que la relación con los demás —y con uno mismo— sea más saludable.
Una reflexión final
A veces, cuidarse no significa avanzar, sino recogerse a tiempo. Como la tortuga, podemos aprender a proteger nuestro espacio sin culpa y a volver cuando estamos preparados.
Poner límites no es rechazar. Es respetarse.
Si esta reflexión resuena contigo, en el blog seguimos explorando con calma cómo cuidar la salud emocional desde la psicoterapia y el pensamiento crítico.





